El Changüisero

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La Perla de Oriente, una gran perla

Luís Martínez GriñánPor:

Mire que abundan los buenos pianistas en las orquestas cubanas, pero como este jiquí centenario pocos. Y si se tiene en cuenta su obra autoral —dí­ganse solo un par de ejemplos: Alto Songo y No me llores más—, no es difícil situar a Luis Martí­nez Gri­ñán en la cúspide de la música cubana del siglo XX.
El trato de Lilí, como le decían, con el teclado era muy especial. En Guantánamo, donde nació el 19 de agosto de 1915, tuvo su primera relación con el instrumento bajo la mirada de su hermana Ana Emilia, quien daba clases en una academia de su propiedad. Pero su talento maduró en la práctica cotidiana al tocar de jovencito en la or­ques­ta de Corsino Calzado, animadora de fiestas en la Base Naval  enclavada en el territorio usurpado por Estados Unidos; crear su propio conjunto, Los Champions: y ser contratado para cumplir agotadoras jornadas en academias de baile y emisoras de radio guantanameras y santiagueras.

Todo ello lo preparó para el salto en 1945 al conjunto de Arsenio Rodríguez. El genial tresero y compositor debió llenar el vacío dejado nada me­nos que por Rubén González, contratado para trabajar en México. La varilla estaba alta, antes de Rubén el pianista de Arsenio había sido Lino Frías, cuyo centenario, por cierto, pasó casi inadvertido entre nosotros el pasado 10 de abril, pese a constituir uno de los pilares de la Sonora Matancera.

Lilí se hizo imprescindible para Arsenio primero y luego, cuando este se instaló hacia 1950 en Es­tados Unidos, para su sucesión de la Isla, las Es­tre­llas de Félix Chapotín. Como pianista aportó a am­bos conjuntos un toque distintivo. Le puso al son la más raigal acentuación rítmica —a veces se olvida que el piano es también un instrumento que se percute—, pero a la vez la sutileza melódica heredada de la tradición romántica europea —y hasta algún que otro ingrediente impresionista por el costado de Debussy— y nacionalista. De modo que los solos de Lilí pisaban tierra con el tumbao y cobraban altura con esas brevísimas fulguraciones.

Lean lo que dijo Pancho Amat al contar al  mu­sicógrafo español Pablo Larraguibel su encuentro con Lillí por los días en que este militaba con las estrellas de Chocolate: “Increíble cómo ese hombre jugaba con el ritmo. Los números que él hacía, la gracia, la simpatía, la fuerza de aquel conjunto.

Lilí intelectualizó la negritud del conjunto de Arsenio. Él lo cogió y enalteció. Ahí humildemente, detrás de su piano, pero cuando coges un disco de Chapotín o Arsenio, después de que entró Lilí… Todos los arreglos eran de Lilí. Y los números de esa época eran casi todos escritos por él. Lilí era el director mu­sical. Si el anonimato tuviera estatura, Lilí Mar­tínez sería el Everest. Porque se habla mucho de Arsenio, de Chapotín… Pero el cerebro, a mi modo de ver, fue Lilí Martínez. Arsenio fue una cosa antes de Lilí Mar­tínez y otra después. Cuando entró Lilí, todo cambió”.

Cabría decir también que la salsa sería otra de no haber existido el pianista guantanamero. Su manera de encarar el son contribuyó al  pianismo de Eddie Palmieri, Papo Lucca, Kent Gómez, Son­ny Bravo y Richie Ray. El estilo de  Lilí es, a su vez, una de las fuentes de inspiración de la labor de Adal­berto Álvarez.

Sobre el compositor, cada una de sus páginas soneras formó parte del imaginario popular de una época, con su picaresca. Repasemos Mami me gustó (que todavía algunos lo atribuyen a Arsenio), Viejo socarrón, Que se fuñan, Aunque mami no quiera y Aprovéchense pollos, aunque no de­bemos obviar tremendos boleros como Eso sí se llama querer, que le dio título a la antología dedicada a su obra que realizó hace tres lustros el sello Unicornio. Tampoco faltó en su obra la evocación patria, tal como nos lo recordó la emisión conmemorativa del programa de Radio Rebelde Me­mo­rias (domingo, 6:00–9:00 a.m.) al hacer sonar La protesta de Baraguá.

A Lilí le llamaron la Perla de Oriente. Así lo in­terpelaba Miguelito Cuní en las grabaciones con Chapotín a la hora de introducir los solos de piano. Fue, sin lugar a duda, una gran perla.

 

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